{"id":1217,"date":"2010-12-24T21:23:25","date_gmt":"2010-12-24T21:23:25","guid":{"rendered":"http:\/\/www2.nasaacin.org\/index.php\/2010\/12\/24\/estas-navidades-siniestras\/"},"modified":"2010-12-24T21:23:25","modified_gmt":"2010-12-24T21:23:25","slug":"estas-navidades-siniestras","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/tejidohistorico.afrodescendientes.com\/index.php\/2010\/12\/24\/estas-navidades-siniestras\/","title":{"rendered":"Estas Navidades siniestras"},"content":{"rendered":"<p> \tYa nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta&#8230;<\/p>\n<p>  <!--more-->  <\/p>\n<p> \t&nbsp;<\/p>\n<p> \t&#8230;.de que semejante despelote es para celebrar el cumplea&ntilde;os de un ni&ntilde;o que naci&oacute; hace 2.000 a&ntilde;os en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde hab&iacute;a nacido, unos mil a&ntilde;os antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese ni&ntilde;o era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran adem&aacute;s muchos millones que no lo han cre&iacute;do nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estar&iacute;an dispuestos a voltear el mundo al rev&eacute;s para que nadie lo siguiera creyendo. Ser&iacute;a interesante averiguar cu&aacute;ntos de ellos creen tambi&eacute;n en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.Lo m&aacute;s grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas est&aacute;n causando en Am&eacute;rica Latina. Antes, cuando s&oacute;lo ten&iacute;amos costumbres heredadas de Espa&ntilde;a, los pesebres dom&eacute;sticos eran prodigios de imaginaci&oacute;n familiar. El ni&ntilde;o Dios era m&aacute;s grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran m&aacute;s grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Bel&eacute;n era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche m&aacute;s grande que Un le&oacute;n que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tr&aacute;nsito que dirig&iacute;a un reba&ntilde;o de corderos en una esquina de Jerusal&eacute;n. Encima de todo se pon&iacute;a una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que hab&iacute;a de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvaci&oacute;n. El resultado era m&aacute;s bien feo, pero se parec&iacute;a a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.<\/p>\n<p> \tLa mistificaci&oacute;n empez&oacute; con la costumbre de que losjuguetes no los trajeran los Reyes Magos -como sucede en Espa&ntilde;a con toda raz&oacute;n-, sino el ni&ntilde;o Dios. Los ni&ntilde;os nos acost&aacute;bamos m&aacute;s temprano para que los regalos llegaran pronto, y &eacute;ramos felices oyendo las mentiras po&eacute;ticas de los adultos. Sin embargo, yo no ten&iacute;a m&aacute;s de cinco a&ntilde;os cuando alguien en mi casa decidi&oacute; que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusi&oacute;n no s&oacute;lo porque yo cre&iacute;a de veras que era el ni&ntilde;o Dios quien tra&iacute;a los juguetes, sino tambi&eacute;n porque hubiera querido seguir crey&eacute;ndolo. Adem&aacute;s, por pura l&oacute;gica de adulto, pens&eacute; entonces que tambi&eacute;n los otros misterios cat&oacute;licos eran inventados por los padres para entretener a los ni&ntilde;os, y me qued&eacute; en el limbo. Aquel d&iacute;a como dec&iacute;an los maestros jesuitas en la escuela primaria- perd&iacute;a la inocencia, pues descubr&iacute; que tampoco a los ni&ntilde;os los tra&iacute;an las cig&uuml;e&ntilde;as de Par&iacute;s, que es algo que todav&iacute;a me gustar&iacute;a seguir creyendo para pensar m&aacute;s en el amor y menos en la p&iacute;ldora.<\/p>\n<p> \tTodo aquello cambi&oacute; en los &uacute;ltimos treinta a&ntilde;os, mediante una operaci&oacute;n comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresi&oacute;n cultural. El ni&ntilde;o Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa No&eacute;l de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos lleg&oacute; con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fant&aacute;stica tempestad denieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicol&aacute;s, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la Am&eacute;rica Latina. Seg&uacute;n la leyenda n&oacute;rdica, san Nicol&aacute;s reconstruy&oacute; y revivi&oacute; a varios escolares que un oso hab&iacute;a descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patr&oacute;n de los ni&ntilde;os. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvi&oacute; institucional en las provincias germanicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el &aacute;rbol de losjuguetes. y hace poco m&aacute;s de cien anos pas&oacute; a Gran Breta&ntilde;a y Francia. Luego pas&oacute; a Estados Unidos, y &eacute;stos nos lo mandaron para Am&eacute;rica Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince d&iacute;as de consumismo fren&eacute;tico al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo m&aacute;s siniestro de estas Navidades de consumo sea la est&eacute;tica miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de mu&eacute;rdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traduc&iacute;dos del ingl&eacute;s; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera val&iacute;a la pena de haber inventado la electricidad.<\/p>\n<p> \tTodo eso, en torno a la fiesta m&aacute;s espantosa del a&ntilde;o. Una noche infernal en que los ni&ntilde;os no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando d&oacute;nde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasi&oacute;n solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitaci&oacute;n al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se qued&oacute; viuda hace quince a&ntilde;os, a la abuela paral&iacute;tica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegr&iacute;a por decreto, el cari&ntilde;o por l&aacute;stima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en p&uacute;blico sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobr&oacute; de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de pl&aacute;tano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los ni&ntilde;os -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el ni&ntilde;o Jes&uacute;s no naci&oacute; en Bel&eacute;n, sino en Estados Unidos.<\/p>\n<p> \t<a href=\"http:\/\/www.sololiteratura.com\/ggm\/marquezestasnavidades.htm\" target=\"_blank\" rel=\"noopener noreferrer\"><span style=\"font-family: Verdana; font-size: x-small;\">GABRIEL GARCIA MARQUEZ<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. 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