Le propongo un negocio: si usted logra hacer desaparecer los cientos de variedades de semillas de fríjol, soya o maíz, por poner un ejemplo de alimento cotidiano, y reemplaza esas semillas con una variedad que usted ha modificado genéticamente y que no se propaga, las vende a muy buen precio y ésta además depende de los otros productos que usted vende —fertilizantes y plaguicidas— y convence a los gobiernos de que esta “maravilla” es la salvación para la humanidad hambrienta… Pues el negocio es redondo. ¿No?, señores de Monsanto.

 

Mientras Alemania retiró de sus cultivos el maíz de Monsanto en 2009, aquí, dos años antes, el entonces ministro Andrés Arias nos dejó encartados con un argumento noble: el maíz transgénico aguanta el glifosato, y ya sabemos que siempre hay unos pesos detrás de estos negocios altruistas.

Y hablando de seguridad alimentaria, a pesar de la hambruna de miles de millones de personas en el mundo, se están utilizando tierras fértiles y recursos estatales para producir biocombustible, el cual se vende engañosamente como “verde”. Y sí, hay consecuencias: los agrotóxicos matan a los polinizadores, los monocultivos acaban con la diversidad, se exterminan comunidades de indígenas y campesinos… Comen mejor los carros del Congreso y los Mercedes que las Merceditas. ¡Quién entiende!

Colombia, siempre tan progresista, hace parte de un pequeño grupo (alrededor de 30 de los 196 países existentes) que se lanza al “desarrollo” transgénico imitando a los superhéroes del norte, con sus corporaciones dueñas del planeta, para cerrar la cadena vendiendo su patrimonio alimentario y destrozando la biodiversidad.

Al respecto, comentó hace unos días la filósofa y activista ecológica de la India Vandana Shiva: “El control del monopolio de las semillas de algodón y la introducción del algodón Bt, modificado por la ingeniería, ya ha dado lugar a una epidemia de suicidios de campesinos en la India. Un cuarto de millón de agricultores se han quitado la vida debido a las deudas inducidas por los enormes costos de la semilla no renovable, que le catapulta miles de millones de dólares en regalías a firmas como Monsanto”.

¿Aprenderemos en cabeza ajena? No parece: el ICA anuncia que para este año deberíamos ya estar utilizando un 60% de algodón eunuco.
Todos tan patriotas con brazaletes de la bandera nacional, mientras regalamos nuestra soberanía alimentaria y dejamos perder nuestras semillas ancestrales y nuestra identidad. Y pocos dicen algo. Hay por supuesto fundaciones e individuos empeñados en preservar semillas, en crear bancos de biodiversidad que no sean solamente en Svalbard, Noruega (en donde reposa el germoplasma de miles de especímenes botánicos). Y hay también los que creen y pueden comprobar que una agricultura biodiversa y orgánica produce más comida, a mejores precios y sin sacrificar a las comunidades ni agotar la tierra. Es importante, dice Vandana Shiva, que en este momento del planeta hagamos de nuestra democracia alimentaria el núcleo de la defensa de nuestra libertad. De lo contrario tendremos dictadores implacables y un seguro colapso de alimentos. Pero aún podemos fortalecer la democracia de lo que comemos y hacer que descanse en ecosistemas vivos y comunidades activas.

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