Uno de los investigadores más serios sobre el desarrollo de la sociedad humana, el profesor norteamericano Jared Diamond, escribió en uno de sus libros que el progreso del hombre se sustenta, entre otras razones, en la domesticación de unas cuantas de las miles de especies de plantas que ha tenido a su disposición y que han garantizado su seguridad alimentaria.

El profesor Diamond afirma: “Solo una docena de especies representan más del 80 por ciento del volumen anual del total de cultivos del mundo moderno. Estas doce estrellas son los cereales trigo, maíz, arroz, cebada y sorgo; la leguminosa soja; las raíces o tubérculos patata, mandioca y batata; las productoras de azúcar caña de azúcar y remolacha azucarera, y la fruta banana. Los cultivos de cerealistas por sí solos representan más de la mitad de las calorías consumidas por las poblaciones humanas del mundo.”

 

Esta información es básica para comprender lo determinante que es para cualquier pueblo tener garantizado el suministro de los alimentos constitutivos de su dieta. Sobre todo en lo que tiene que ver con la producción de cereales. Lo preocupante es que Colombia hace mucho rato viene, por presiones externas –la ejercida por los grandes monopolios comercializadores de granos y semillas–, desmontando la producción de estos alimentos. Primero fue el trigo. Por allá, a mediados de la década de los 60, utilizando todo tipo de artimañas, incluyendo la “ayuda” de los programas de la AID –uno de los programas del gobierno de los Estados Unidos para promover la venta o colocación de sus excedentes–, desmontamos la investigación para el desarrollo de variedades nativas (teníamos semillas de trigo para tierra caliente), permitimos que los monopolios de agroquímicos encarecieran artificialmente la producción, se envilecieron los precios internos, se desestimuló y encareció el crédito con la cancelación de los programas de crédito subsidiado…, hasta que del trigo quedó solo la producción exótica de Nariño. De ser autosuficientes pasamos en pocos años a importar la casi totalidad del consumo interno.

Así se fue perdiendo la cebada, el sorgo, el maíz y ahora con el TLC con los EE.UU., estamos a punto de darle la partida de defunción al arroz. La soja o soya, de la cual hubo desarrollos importantes en las décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado, ya no queda ningún vestigio. La papa, producto de consumo básico en las familias más pobres, ha ido languideciendo por la importación de ese producto del Canadá, que ahora con el TLC con ese país estará amenazada de muerte, tal como sucedió con la lenteja otra leguminosa importante. De los productos reseñados por Diamond, solo queda para producir en el país la caña azucarera y la fruta banana. El panorama como se puede apreciar es bastante precario.

Quienes nos critican por “negativistas” frente a los acuerdos de libre comercio debieran recordar que detrás de la producción están empleos, que lo que estamos intercambiando son fuentes de trabajo y que comparar economías como la norteamericana con la colombiana, no pasa de ser una estulticia. La economía de los Estados Unidos es 56 veces más grande que la de Colombia, con todas las ventajas, incluyendo los mecanismos proteccionistas a los que no renunció en el tratado. El resultado final será la ruina de la producción interna y la desaparición de trabajos de calidad, que trataremos de sustituir con trabajo precario: ¡más rebusque!

Moir