Siempre que cierro los ojos y me devuelvo a mi infancia, lo primero que veo es el fogón de la cocina, donde no sólo circulaban los alimentos, sino también los sentimientos, las ideas, los problemas, las tristezas, las alegrías.

 

Comunicación en riesgo

El 23 de febrero de 1985 fue una fecha especial para la familia porque nació el primer nieto: mi hermanito Cristian. Vivíamos en el resguardo de Jambaló, en una escuela en la que mi mamá daba clases de primaria. Habitábamos una piecita muy pequeña con dos camas de guadua elaboradas por mi abuelo. En la cama que estaba cerca a la única ventana que teníamos dormía mi mamá, y en la otra mi abuela y yo. Ese día muy temprano me despertó el quejido de mi mamá y cuando la miré, estaba apretando los dientes y sujetándose fuerte a la ventana. Entró mi abuela corriendo y dijo que ya era hora, entonces mandó a mi abuelo a buscar a las parteras. Minutos después llegó doña María y doña Adelina. Yo me hacía la dormida y aprovechaba un agujero que tenía la cobija para observar todo. Las parteras le soplaron varias hierbas en la frente a mi mamá y le dieron remedios a beber. Por más que ella pujaba el bebé no nacía. Doña Adelina me alcanzó a ver y ordenó que me sacaran, que seguramente por eso mi mamá no podía dar a luz.
Salí asustada, pero insistí en seguir viendo, entonces saltaba lo más alto que me daba el cuerpo para ver por la ventana. Me regañaron todos otra vez y me llevaron a la cocina para que mi abuela Matilde no me dejara salir. Tan pronto me senté frente al fogón, se escuchó el estruendo de un rayo. Mi abuela salió corriendo y dijo que ya había nacido. Así entré, pude ver a Cristian y pregunté por qué tenía esa marca en la frente. Ellas dijeron que era porque su cabeza había estado apretada mucho tiempo sin poder nacer, pero no explicaron lo del rayo, aunque mi abuela dijo que parecía una buena seña porque había caído justo en la ventana y ahí mismo había nacido mi hermano. Luego vinieron todos los cuidados y remedios para él, porque un The Wala (médico tradicional), les había augurado que mi hermano también iba a ser un guía espiritual.
Así transcurrieron varios años, todos cuidando de él: envuelto desde los hombros hasta la punta de los pies con chumbe para la buena postura; masaje con manteca de oso en el ombligo para la fuerza; frotada en los pies con la pata de venado para la rapidez. Incluso hasta 5 de las vecinas más cercanas lo amamantaron mientras mi mamá daba clases. Quién iba a imaginar que 25 años después mi hermano sería asesinado por bandas criminales en Santander de Quilichao, no por ser un The Wala sino una víctima más de este maldito sistema que lo empujó al oscuro mundo de las drogas. Infortunadamente varios años después de instalarnos en Belén, sin oportunidades y sin mucho por hacer, se dejó encarcelar por el mundo de las drogas, de donde no logró salir. Aunque ahora después de casi un año de duelo, siento que él se liberó y desde donde está nos acompaña y protege. A lo mejor nuestra vida hubiera sido distinta si en 1989 mi mamá deja de soñar y deja de buscar respuestas en los muertos.
Siempre que cierro los ojos y me devuelvo a mi infancia, lo primero que veo es el fogón de la cocina, donde no sólo circulaban los alimentos, sino también los sentimientos, las ideas, los problemas, las tristezas, las alegrías. Ese fogón donde tejíamos nuestra memoria orientados por la historia de nuestros ancestros, donde permanentemente nos comunicábamos y aprendíamos de la experiencia de los mayores. Sentíamos y presentíamos la vida a través de nuestros sueños. No sólo los sueños de lo que anhelábamos ser, hacer y tener como Nasas. Sino los sueños que cada uno vivía en las noches al comunicarse con los espíritus de la Madre Tierra y con los muertos, quiénes nos alertaban de situaciones buenas y malas para la familia y para la comunidad. El fogón también era testigo de esos relatos que cada uno compartía y que en colectivo tratábamos de interpretar.
Recuerdo una de esas tardes esperando la comida. A lo mejor eran poco más de las 6:00 porque las gallinas ya estaban trepadas en los árboles. Estábamos sentados alrededor del fogón con mi abuela Matilde, mi abuelo Gregorio, mi mamá Luz Marina y mi hermanito Cristian. Abundantes yucas y papas hervían dentro de una olla tiznada y unos trozos de armadillo se asaban en la brasa del fogón. Recuerdo que cuando llegó mi abuelo de cazar el armadillo, lo primero que hizo fue degollarlo y recoger la sangre en un vaso. Enseguida nos llamó a mí y a mi hermanito para darnos varios sorbos de esa sangre mezclada con aguardiente. Ninguno de los dos quería probar, pero él nos regañó diciendo que era para evitarnos enfermedades. No tuvimos otra opción que cerrar los ojos, contener la respiración y tragar.
Cuando los alimentos estuvieron listos, mi abuela y mi mamá los sirvieron acompañados de un vaso de café. Muy cerca de la casa escuchamos un pío pío muy fuerte que avanzaba hacia nosotros. “Es el pájaro pollo con su canto engañoso”, explicó mi abuela, porque cuando se escuchaba muy cerca era porque estaba bien lejos y viceversa. “Ay Dios mío y ahora quién se irá a morir!”, exclamó mi abuelo. “No es alguien de esta casa, porque el pájaro está bien lejos”, replicó mi abuela. Nos quedamos tranquilos, sin imaginar lo que pasaría un mes después.
Vilma Almendra
Comunicadora Comunitaria