Mónica Sánchez Beltrán narró como sus padres se adueñaron de una niña de 5 años en el Tolima para convertirla en su empleada y su objeto sexual.

 
“Mamá, papá: Llega el día en que consideramos inaceptable continuar guardando silencio sobre aquel asunto que destrozó nuestras vidas (…). Las secuelas que deja el abuso pueden llegar a paralizarnos, pero el paso del tiempo nos va explicando las razones por las que nos sentíamos tan incómodos (…). Me refiero a aquella niña que tú, papá, arrebataste a su madre y tú, mamá, esclavizaste miserablemente. Al parecer se llamaba Amalia”.
 
Esta carta se la envió Mónica Sánchez Beltrán a sus padres —Eunice y Vitaliano, capitán retirado de la Armada— el 8 de febrero de 2011, desde Canadá. Esa fue la última comunicación que tuvo con ellos. No hubo respuesta. Los que sí contestaron fueron sus hermanos, que entre regaños y gritos le dijeron: “Mónica, desde ahora usted está muerta para nosotros”. Está muerta para ellos porque en esa carta fue capaz de enumerarles a sus padres, uno a uno, los horrores a los que sometieron a una niña de 5 años. La niña al parecer llegó a la familia hacia 1965 por un engaño del padre, que era poderoso, que fungía como alcalde militar de Anzoátegui (Tolima) y aprovechó su posición para decirle a la mamá de la pequeña: entrégueme a la niña y yo le doy el hogar, el estudio, la comida y las oportunidades que usted no puede. Y la señora, que realmente no podía, accedió.
 
Hoy ya no es Amalia. Es Noemí. Así la llama Mónica, que habla desde Canadá, que dice: “Estoy muy cansada. Es como si me hubiera pasado un camión por encima”. La misma sensación la ha oprimido la última semana. Desde que la Corte Constitucional se pronunció a favor de Noemí, quien, alentada por Mónica, presentó una tutela en contra de los esposos Eunice y Vitaliano. Casi cincuenta años después de haber vivido el horror, pedía que se le reintegraran los derechos a la identidad, a la familia, a la justicia, a la verdad, a la reparación, a la dignidad humana. Más que nada, pedía verdad, sobre su pasado, sobre su familia.
 
“Yo estaba muy pequeña cuando llegó Noemí. Podría tener un año o algo así. Soy la quinta de siete hermanos. La primera camada fue de seis; todos nos llevamos un año de diferencia. Mi pobre madre estuvo embarazada seis años seguidos. El primer momento de conciencia que tuve sobre lo que sucedía con Noemí fue a los 11 años, o tal vez a los 12, aunque siempre estuve muy incómoda.
 
Todos los hermanos éramos solidarios con ella. La protegíamos. Mi mamá la castigaba porque no hacía el oficio, porque era una niña y le gustaba jugar. Siempre estuvimos conscientes del maltrato que ella sufrió. Le pegaban todos los días, todo el tiempo, y siempre por injusticias, pero hay dos momentos que no se me salen de la cabeza porque me parecen una barbaridad. Uno fue cuando íbamos de paseo al Club Militar. Ella iba contándonos alegre que había aprendido a leer, nos iba leyendo las vallas publicitarias y mi mamá le dijo: ‘Cállese’. Cuando llegamos al apartamento le dio una de las palizas más violentas (‘¡la quemaste con una sartén que calentaste para la tarea!, mientras le decías que por estar en esas, perdiendo el tiempo, era que no hacía bien el oficio’, le escribió Mónica a su madre en la carta).
 
La segunda fue una vez que ella se puso a arreglar el cuarto del servicio y sacó un montón de mugre; en una mañana organizó todo. Entonces llegó mi mamá y quería su almuerzo enseguida. Ella le dijo: ‘No, señora, no alcancé a hacerlo porque, mire, vea lo que estaba haciendo’. Le quería mostrar, orgullosa, la habitación arreglada, que estaba a tres pasos de distancia, y esta mujer no fue capaz de ir a mirar sino que se sacó un tacón y empezó a darle martillazos en la cabeza. ¡Eso fue muy terrible! Y así fue siempre, siempre, una injusticia tremenda, siempre… yo no sé por qué mi madre la odiaba tanto”.
A los 20 años, Mónica Sánchez se fue a Europa. Para ese momento Noemí ya había huido con la ayuda de un chofer de la Armada y de una vecina. Dice Mónica que estando lejos, con Noemí siempre en la cabeza, la empezó a mortificar el haberla abandonado, el no haberle dicho perdón. “Nosotros simplemente la dejamos ir, pero en ningún momento le resarcimos todo ese maltrato. Eso no sucedió sino hasta ahora, hasta el 2008, que yo la busqué”. La buscó estando en Canadá, a través de una hermana que todavía mantenía contacto con ella. La llamó. Hablaron por más de cuatro horas. Lloraron. “Le pedí perdón, perdón mil veces”.
 
Hicieron planes: Mónica regresaría a Colombia y estarían juntas. Y así fue. El siguiente plan de Mónica, otra vez en su país, era construir una casa en Tierra Bomba: “Era mi sueño dorado, todos íbamos a vivir juntos y a ser felices, pero en la medida en que fui conociendo otras verdades el sueño se me fue derrumbando”. Sólo hasta ese momento Mónica se enteró, por sus propios hermanos, que el maltrato a Noemí no sólo fue con correazos y con palizas que le hacían perder la conciencia, el mundo. También había sido abusada. Muchas veces. Todas las que su papá y sus tíos dispusieron.
 
“Mis padres eran verbalmente muy violentos entre ellos. Con el tiempo me he dando cuenta de que una de las guerras que más a menudo se presentaba era por esa costumbre que tenía mi padre de gatear a la muchacha, metérsele al cuarto y violarla. De ahí lo sacaron mis hermanos en varias oportunidades. Era muy puto y eso generaba unas peleas terribles.
 
Noemí no me había contado lo de las violaciones, porque estaba avergonzada. Esa es una de las cosas más crueles que hacen con las víctimas: convencerlas de que es culpa de ellas. Ella vivió toda la vida con esa vergüenza hasta que yo me senté y le dije que no tuviera miedo, que ella era una niña, que no era su culpa; y entonces ella se abrió y me dijo que sí, que en efecto mi padre y mis tíos la habían violado. ¡Dios mío santo! Se me derrumbó la vida. Me dije que no podía dejar eso así.
 
Le pregunté por qué no había denunciado y me contestó que le daba miedo porque nadie le iba a creer. Entonces le dije que si quería denunciar yo la iba a apoyar: ‘Vamos a encontrar una forma. No sé cómo, pero si tú quieres denunciar, denunciamos y vamos a fondo’. Y ella aceptó. Hicimos un pacto sagrado que sacamos adelante”.
 
“En una ocasión su madre (la madre de Noemí) vino para cerciorarse de su bienestar, pero tú le impediste que la viera: ‘Es mejor’, le dijiste. Y también le aseguraste, sin vergüenza, que la niña estaba muy bien, estudiando, tratada como una princesa, igual que todas nosotras, sus hermanas: ‘Mire dónde vive’. ‘Míreme a mí, mírese usted’. ‘Es por su bien’. Se fue esa mujer ignorando que, en ese mismo momento, su niña estaba lavando ropa, arrodillada en el piso de la ducha, porque el desagüe del lavadero estaba tapado. Los permanentes trasteos que se daban en la Armada le hicieron perder el rastro de su hija a esa incómoda presencia. Tal vez nunca sabremos lo que fue de ella” (fragmento de la carta de Mónica a sus padres).
Noemí quiere verdades. Quiere saber cuál es su verdadero nombre y el nombre de su madre. Quiere preguntarles a Eunice y Vitaliano por qué la sometieron de esa manera. Mónica la está acompañando. Lo primero que hizo en esa búsqueda fue escribir la carta de abril de 2011 que sus hermanos no le perdonan.
 
Después decidió que a través de una tutela podrían conseguir esas respuestas (“no era por lo que hicieron hace cincuenta años, porque obviamente ya prescribió, sino por lo que le están haciendo todavía: no le dan información de su familia, no le dicen la verdad”) y buscó a la abogada María Ximena Castilla (“una persona maravillosa que sacó adelante el caso de una manera increíble, contra todos los pronósticos”). Sus argumentos fueron rechazados por dos jueces. La Corte acaba de darles la razón, de ordenarle al Ministerio del Interior que la acompañe en la búsqueda de su familia, en la “reconstrucción de su pasado”, y a los esposos Sánchez Beltrán el pago de una indemnización.
 
“Realmente estoy muy cansada. Esto ha sido una avalancha increíble. He recibido toneladas de mensajes, casi todos muy solidarios, muy respetuosos. Hablan de mi valor, de ese valor que yo quisiera reencontrar para levantarme de esta cama. Mi salud está frágil, tengo problemas de ansiedad. Me agobian mucho las multitudes, todas, incluidas las virtuales.
Me entristece que mis hermanos sigan en la negación. Esa fue la defensa que asumieron desde el principio, negarlo todo y acusarme a mí de loca, incluso después del fallo. Yo creo que es tan liberador decir: ‘Me equivoqué, perdóneme’, pero no, siguen en la negación y están sufriendo mucho.
 
¿Cómo es Noemí? Es hermosa esa mujer. Tiene una energía increíble, buena, llena de amor… es una mujer que ha sido muy fuerte, que ha sacado a sus hijos adelante, que ha luchado en la vida. Se compró una casita y la ha ampliado con el tiempo. Vive relativamente bien, en una casa humilde pero bella. A veces la agobia un poco todo lo que ha vivido, pero en general está bien. Ahora está muy contenta”.
 
Por: Carolina Gutíerrez Torres