Reparar a las víctimas del conflicto armado interno, sin duda, es una prioridad. Ello no tiene discusión y el Estado y la sociedad deben hacer todo para que ello se dé, no sólo en términos económicos, sino en lo que corresponde a la reconstrucción identitaria de las víctimas de los actores armados enfrentados en este largo conflicto armado interno.

 
Pero poco se habla de reparar los ecosistemas naturales afectados por las dinámicas del conflicto armado interno, entre ellos los bombardeos de las fuerzas estatales sobre campamentos guerrilleros, la depredación de bosques por la construcción de campamentos, móviles y fijos de las Farc y por la presencia de los cultivos de amapola y coca; y por supuesto, por la fumigación con glifosato de zonas de parques naturales (Plan Colombia) y de zonas de cultivos de pan coger de campesinos y colonos. De igual forma, los efectos negativos que deja la construcción de laboratorios para el procesamiento de alcaloides, manejados por narcos, paras, bandas criminales y guerrilleros, así como la destrucción de los mismos, por parte de las autoridades. Y a ello se suma, los efectos socio ambientales que viene dejando la explotación de oro a lo largo y ancho del territorio colombiano.
 
Así entonces, como país biodiverso, Colombia debe hablar más duro de reparación al medio ambiente, de una biodiversidad frágil que además de soportar un modelo de desarrollo social y ambientalmente insostenible, y la extracción incontrolada de recursos del suelo y del subsuelo, sufre las consecuencias de una guerra interna en la que los actores armados depredan bosques y contaminan fuentes de agua.
 
Por la debilidad del Estado, por la cooptación privada y mafiosa de sus instituciones y de los recursos públicos, y por la inexistencia de un pensamiento ambiental acorde con las circunstancias y mayores responsabilidades que impone ser un país biodiverso, Colombia crece económicamente bajo un modelo de desarrollo que depreda y pone en riesgo la vida de futuras generaciones.
 
Mientras tanto, en los diálogos de paz que adelantan el Gobierno de Santos y la dirigencia de las Farc, el tema de la reparación ambiental no aparece en la agenda. El tema ambiental sigue siendo un asunto marginal, una externalidad. Y es claro que las Farc es un grupo armado ilegal que, sin duda, ha depredado y violentado frágiles ecosistemas. No olvidemos que las Farc han construido carreteras y campamentos en zonas biodiversas y cazan y capturan animales sin mayores consideraciones.
 
Los efectos que la guerra interna deja hasta el momento en el medio ambiente, deberían de ser considerados no sólo por los negociadores, sino por la Academia y actores de la sociedad civil, en especial ONG ambientales, de cara a la construcción de escenarios de posconflicto en los que el medio ambiente por fin sea un asunto transversal y nuclear para la sociedad colombiana de la posguerra.
 
El asunto no es menor. Por el contrario, reviste la mayor importancia. Pero se requiere, además de una coherente conciencia ambiental, un pensamiento ambiental que guíe la discusión no sólo de cómo cuantificar los daños ambientales dejados por los actores armados, legales e ilegales, sino del tiempo, los costos y las condiciones que demandará la reparación de frágiles ecosistemas sometidos a los fragores de una guerra sucia y degradada.
 
Esta tarea bien la puede asumir el Sistema de Cuentas Ambientales, eso sí, ampliando sus alcances, que según Gloria Cecilia Vélez Arboleda y Paula Andrea Cárdenas Henao, están para “conocer y cuantificar las riquezas naturales que posee y además corregir los impactos que genera la producción económica sobre los recursos naturales y el medio ambiente, es decir, en el Sistema de Cuentas Ambientales se involucran los recursos naturales y el medio ambiente como activos que, incorporados a la actividad económica, incrementan o disminuyen su capacidad de crecimiento actual y futuro. De esta forma, los recursos naturales ya no son tratados como bienes libres y de oferta ilimitada, sino que adquieren la característica de bienes escasos que al asignarles la categoría de activos, deben ser valorados como tales en términos monetarios y se debe proceder a calcular tos costos de su agotamiento y degradación”1.
 
Es hora de repensar las relaciones que de tiempo atrás venimos sosteniendo con la Naturaleza. Relaciones que vienen dejando serios problemas socio ambientales que ameritan la revisión del modelo de desarrollo económico extractivo, así como el tipo de sociedad que hacia futuro queremos, en el contexto de un país que se ha construido de espaldas y en detrimento de las condiciones contextuales que una biodiversidad mal administrada.
 
Antes de que sea tarde, deberíamos de mirar los modelos y los planes de vida de indígenas y afrocolombianos con los cuales estas comunidades han interactuado con la Naturaleza.
 
1 Tomado de Las Cuentas Ambientales como parte de las Cuentas Nacionales.
 
Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo