Hace diez años que el Señor Alvaro Uribe, presidente de Colombia en ese entonces, traicionando un convenio  establecido con los sindicatos en vísperas de su primera elección, tomó la decisión de despojar al país del sector telecomunicaciones para entregar su manejo a las malintencionadas multinacionales.

 
Los primeros que tuvieron que someterse al ultraje de la fuerza pública y a las consecuencias de esa medida, ante una generalizada actitud impasible de los medios, fueron los trabajadores y tras ellos sus familias y allegados, al igual que otras personas y organizaciones de carácter social y económico con las cuales se desarrollaban todo tipo  de gestiones pertinentes al manejo del sector, pues la dinámica que ésta actividad generaba en Colombia tenía  un reflejo positivo sobre un interesante y diverso conglomerado de personas, habitantes de todas las localidades que a través de grandes, medianas y pequeñas  empresas,  luego del abrupto desmontaje de Telecom y las Teleasociadas, se vio forzado a buscar otras formas de ingreso, produciéndose así  una especie de  desplazamiento en materia laboral hacia el empleo informal, es decir hacia el popular “rebusque” que, como sabemos, no ofrece mayores garantías. Esta operación huracán dejó a su paso un sinnúmero de situaciones críticas, problemas familiares, enfermedades, fracasos, despidos, quiebras y hasta muertes; en fin, un cúmulo de problemas sociales de todo tipo cuyas consecuencias a estos diez años sería cruel, aunque sí muy importante pormenorizar de alguna forma, de tal manera que esos testimonios  permitan mostrarle a la sociedad actual todos los males que tan sólo una de las medidas del gobierno de Uribe produjo en las entrañas del país. La descompensación producida en el engranaje social por causa de la renuncia por parte del Estado a asumir la responsabilidad de un sector que es materia, no sólo de derechos sino también de desarrollo, no es nada distinto a lo que deja cualquier masacre paramilitar o la dinamita colocada en las torres de energía sobre las poblaciones afectadas, sólo que esta vez fue ocasionada por la firma estampada por un gobernante sin conciencia de Nación sobre un papel con sello de poder. Una parte del conflicto.
 
En el caso telecomunicaciones, la andanada de arbitrariedades administrativas, tanto locales como extranjeras sobre los bienes de sus empresas y de manera particular, sobre la enorme infraestructura de redes construida por colombianos y que pasó de manera definitiva a ser utilizada por otros a precio de huevo, no solo dejó en ruinas las desoladas instalaciones, las cuales fueron saqueadas sin piedad y manoseadas por toda clase de intereses particulares, sino que  abrió de manera desordenada un mercado de nuevos  servicios que, por lo innovador de sus características, obnubiló a los incautos parroquianos de nuestro territorio. Al igual que hace quinientos años, nuestros “chibchombianos”, con áulicos uribistas a la cabeza, se dejaron atraer con “espejitos”- y también con dolaritos- por parte de los españoles representados esta vez por la firma Telefónica de España y su filial Movistar. Se entregó entonces una Hacienda colmada de ganado a cambio de los bultos de cagajón… Y para colmo de males, como a Uribe se le había enredado en el camino un negocio de cantina con Carlos Slim disque para venderle directamente la estatal Telecom, aprovechó el desorden y mediante licenciosas licencias le abrió un portillo por la parte de atrás de la finca, lo que le sirvió a ese viejo condenao para apoderarse progresivamente del manejo de otras reses, las de los servicios básicos domiciliarios en todo el territorio nacional. CLARO está.
 
Ante estas circunstancias, socialmente el país completo lleva del bulto del producido de esta absurda  negociación, pues sumado a que en la canasta familiar en vez de multiplicarse los panes se multiplicaron las tarifas y que contra el usuario el manejo de las reclamaciones por inconsistencias en el servicio o por el incremento desmesurado en las facturas es cada vez más complicado y etéreo, surge un maligno componente social que afecta la conducta de niños y jóvenes de manera generalizada y sobre el cual, ni el gobierno, ni los padres de familia, ni la iglesia tradicional establecen controles: y  es que los pelados, desde antes de tener uso de razón, en muchos hogares han adquirido el “derecho” otorgado por una sociedad obnubilada  a portar un equipo, llámese como se llame: pc, celular, tablet, iPod, smartphone, pop o cualquier otro tipo de panela de esas,  imponiéndoles con ello  una temprana cadena de insensibilidad ante todo cuanto pasa, sucede u ocurre a su alrededor, desde el manejo de un verdadero amor hacia el interior de las familias hasta el absoluto desconocimiento, y por lo tanto, total indiferencia sobre  las realidades  del País. La locura de un cambio sin proyecciones en materia de comunicaciones descargó sobre Colombia toda una ráfaga de metralleta de muchas cosas, toda una gama de alternativas de actividades y la aparición de una ensoñadora cultura del emprendimiento que patrocinan desde arriba nuestros gobernantes y que favorece solo a unos cuantos, ya que al resto, y según el estrato, los conduce a los calmantes, al psicoanalista, al sacerdote o al pastor de la iglesia de la esquina, cuando no al atraco por tener que salir a buscar un desayuno cuchillo en mano. Es el padre o a la madre cabeza de familia  quiénes, agobiados por las facturas y el peso de las bolsas de mercado adquirido en baratillos, se ven sometidos mientras recargan a todas horas su cada vez más sofisticado equipo celular,  a una carrera permanente contra el tiempo, a un abuso total en materia de salarios y  a una soledad vivencial que refugian en el consumo de cualquier producto adictivo en medio del trasnocho en  largas y ruidosas noches cargadas de todo tipo de fatalidades, muestra fehaciente de una sociedad en franca descomposición.  Al miedo como mecanismo de sumisión entre los habitantes, surge ahora la opción del “embobamiento continuo” como estrategia tendiente a castrar el elemental derecho a la protesta. Se allana entonces el camino hacia los objetivos del mercado, mientras se pierde por completo la misión del Estado.
 
Ante un panorama que nos muestra el feroz alcance de las multinacionales, infiltradas hoy en los últimos bastiones empresariales, que fueron UNE y la ETB, encontramos cómo en el aspecto laboral del sector, el empleo con garantías es sustituido ambiciosamente por la contratación a destajo.  Vemos ahora cómo muchedumbres de jóvenes sin empleo se someten, luego de un período muy corto de instrucción, a extenuantes horarios de trabajo con un salario pírrico y  sin el reconocimiento de horas extras debido a los infelices métodos de contratación que utilizan empresas intermediarias de las transnacionales; el maltrato y la humillación son latentes contra los actuales trabajadores cuando muchos de sus derechos y necesidades  son denegados de cuajo ante la amenaza de quedarse sin empleo. Las garantías en materia laboral ya no tienen validez en un país que ha decidido de manera impasible trasladar la propiedad y administración de sus empresas “al otro lado del charco”, lejos del panorama desolador que sufren las víctimas de este soterrado tipo de violencia estatal.  Deterioro total de la fuerza laboral en donde el trabajador ya no alcanza a vivir con dignidad.
 
En materia de avances tecnológicos los resultados no pueden ser más desastrosos. Colombia se rezagó por completo en materia de Investigación y Desarrollo en el área de las telecomunicaciones, pues el Instituto Tecnológico en Electrónica y Comunicaciones -ITEC- que en el pasado gestionaba todo tipo de necesidades relacionadas con el desarrollo armónico del sector y que fuera en su tiempo un importante centro de investigación piloto en América Latina, fue clausurado y de él solo quedaron unas cenizas postreras que fueron entregadas solemnemente a una universidad militar en Bogotá. Sus instalaciones localizadas en el sector de Morato de la Capital, pasaron a ser la morada de Alí Babá y sus cuarenta españoles.
 
Y como el exterminio no admite vestigios que queden por ahí y que de pronto puedan convertirse en pruebas contundentes de la masacre, sobre los pensionados del sector comunicaciones se cierne actualmente la amenaza de tener que someterse de manera obligatoria al desacierto estatal de pertenecer a COLPENSIONES, sabiendo que como garantes del pago están los flamantes españoles, quiénes, luego de acabar con todo el ganado de la Hacienda y queriendo evadir toda responsabilidad en el asunto, de manera furtiva han venido desangrando las arcas nacionales con la ayuda decretos amañados, para luego, mejor dicho ahora mismo, a través de informes financieros entregados recientemente a los medios en los que muestran un preocupante déficit operativo en COLTEL, se aprestarán sin duda a “tomar las de Villadiego”, es decir, volarse del país después de perpetrar completamente el saqueo. ¿Se repite la historia?
 
Sin embargo, siempre hay una luz al final del túnel. Si diez años le demoró al Estado acabar con las telecomunicaciones nacionales después del fracaso del Gobierno Gaviria de pretender subastarlas internacionalmente; y otros diez se han tomado para exterminarlas totalmente… ¿Por qué no pensar en otros tantos años para reconstruirlas y que vuelva el Estado a asumir sus responsabilidades?  Tenemos un camino que con dificultades se ha abierto hacia la paz y que pretende construir desde las ruinas. Al parecer, el ineludible peso de la conciencia ha comenzado a enfrentar todas las deudas sociales pendientes con Colombia y se ha comenzado por la del campo. La pregunta es entonces, ¿por qué no mirar entre las demás deudas sociales como las de la salud, la educación y la justicia, también ésta que arrojó un desacierto y creó todo un desconcierto en cuanto al manejo de las telecomunicaciones? Sería muy bueno no permitir que se repita la historia.
 
El viejo sueño del pasado de trabajar para que Colombia se convierta a nivel mundial en  la esquina estratégica de América Latina en materia de telecomunicaciones globalmente es aun perfectamente posible. Así a muchos se les ocurra que caemos en el campo de las utopías. Pero, si observamos a conciencia, incentivar la alianza Universidad-Estado  involucrando en la solución a las instituciones tecnológicas especializadas en la materia a fin de rediseñar una ley de gestión y manejar el sector  de manera ordenada y con sentido de pertenencia es algo perfectamente posible.  Manejar de manera más discreta las relaciones tecnológicas con la industria transnacional conviniendo en el negocio una transferencia que busque implementar nuestra propia industria nacional  mejorando ostensiblemente la calidad del trabajo  y  superando los índices de desempleo es algo perfectamente posible. Recuperar para el Estado e integrar operativamente aquellas empresas tradicionales de telecomunicaciones en procura de establecer un operador único de servicios informáticos y de telefonía celular y domiciliaria en todo el territorio nacional de tal manera que bajen las tarifas y se mantenga un buen servicio es algo perfectamente posible. Crear un departamento especializado adscrito al Ministerio de Educación encargado de orientar a las juventudes respecto a la óptima utilización de las nuevas tecnologías por parte del usuario es también algo perfectamente posible. Se estarían resolviendo entonces muchas situaciones  en materia de desarrollo para el País.
 
Claro que para ello se necesitaría un Presidente como aquel, pero al revés, es decir, arrepentido. Ganadero pero con espíritu de torero sano, es decir, capaz de coger el  toro por los cuernos sin regar ni una sola gota de sangre; que enfrente en ruedo lo más bravo de todas estas ganaderías nacionales y extranjeras y capotee con denuedo el temporal de la enceguecida corrupción y el enardecido sentir capitalista que pisotea, cabecea y brama sin cesar. Diestro en la limpia estocada  que,  sin permitir espacio al rejoneo absurdo ni a los banderilleros exhibicionistas multicolores, elimine de ipso facto – porque lo perfecto es posible- aquel endemoniado animal cuya sombra siniestra cubre por completo hoy en día la esbelta figura de nuestra amada Colombia, ¡y Olé!.. Perdón, se me pega el español. ¡Y ojalá!
  
Medellín 06 de Junio de 2013.
(*) ex-trabajador damnificado de Telecom.
 
Por: Luis Carlos Jaramillo Pontón (*)