Se sabía que tenía que llegar, pero no sabíamos cuándo. Todos los indicadores nos decían: hay demasiada gente que no tiene razones para mantener la obediencia política. Pero la fórmula para predecir qué hará que el hielo se resquebraje y por dónde romperá ni existía ni existe.

De pronto, casi sin esperarlo, se juntaron las constelaciones y parte de los millones de damnificados del modelo neoliberal decidieron que les merecía la pena hacer algo con su enfado. La convocatoria a una concentración en el centro de Madrid, rompeolas tradicional de todas las manifestaciones en la capital, tenía, además, dos ventajas de salida, en especial para un grupo de gente algo más que descreída con el sistema político: no convocaban los partidos ni los sindicatos, sino grupos ciudadanos que expresaban su indignación. En el ambiente, además, existía algo así como una necesidad intuida de que se salía a la calle o la afonía iba a convertirse en algo crónico. Y Madrid despertó y mucha gente se dio cuenta de que tenía ganas acumuladas de opinar, de participar, de ser escuchada. La Comuna de Madrid estaba en marcha.

El principal efecto de las protestas en la Puerta del Sol de Madrid es la ruptura de la rutina sobre la que se ha deslizado plácidamente la democracia liberal. Si el neoliberalismo se ha sostenido sobre la mentira de la imposibilidad de la alternativa jaleada por Margaret Thatcher, el modelo democrático ha aguantado porque se redujo a un juego cupular, prácticamente bipartidista, televisivo, descafeinado ideológicamente, financiado privadamente (o con dinero público privatizado) y ajeno a una militancia constantemente decreciente. Este quehacer construyó finalmente un cártel con una reglas tan severas que iba dejando fuera a quien no las asumiera.

Poder político, poder económico y poder mediático, entremezclados, se convirtieron en rigurosos guardianes de su propio privilegio.  Como ocurre con los cárteles, la disciplina se fue aplicando con cada vez mayor sesgo autoritario, de manera que los que no estaban dentro, habitaban necesariamente afuera. La desafección ha sido el resultado necesario de ese desprecio. Cuando el pueblo desafecto deja hacer, hasta la doctrina democrática lo celebra (¡Todo funciona incluso sin necesidad de votar!). Pero la legitimidad difusa del sistema va debilitándose. Hasta que la gente dice basta.

Las elecciones del 22-M han venido signadas por el sopor: un Partido Socialista resignado que, después de fotografiarse con los empresarios en la Moncloa, apenas ha acertado  a balbucear:  “el PP os va a golpear más fuerte que nosotros”; un PP subido, pese a la corrupción, a la ola de las encuestas, jugando a decir lo menos posible para no confirmar ninguna sospecha; una IU con dificultades para entender por qué si el discurso de las concentraciones se parece tanto al suyo, no es capaz de recoger ese descontento; un nacionalismo de derechas disfrutando aún de los beneficios pasivos de haber estado fuera del poder; y un nacionalismo de izquierdas que, en el caso de Cataluña, aún no ha entendido que ha perdido cable a tierra, y que en el País Vasco ha tenido la suerte de que unas instituciones aún ancladas en el antiguo régimen les ha hecho la campaña. Con este escenario, que las elecciones pudieran solventar los grandes problemas del país –que al final bajan a los pueblos y ciudades- quedaba lejos de foco.

La indignación de la Puerta del Sol es un punto de bifurcación que se abre después de muchas decepciones: los recortes sociales y la aceptación resignada por el gobierno de la dictadura de los mercados; los cinco millones de parados (de los cuales, uno de cada dos son jóvenes); la ley Sinde y los recortes en las descargas en Internet, que ha tocado la única certeza de los jóvenes que es la libertad de navegar; las amenazas crecientes de que se aplique en España la misma lógica que ensombrece a Grecia, Irlanda o Portugal; el anunciado crecimiento electoral del PP, pese a la corrupción; la aplicación traumática en la universidad del Plan Bolonia; los centenares de miles de desahucios; los desequilibrios de la ley electoral; las nuevas amenazas de despidos; los beneficios crecientes de las empresas; el mantenimiento de los paraísos fiscales; los rescates bancarios o las sangrantes primas a banqueros y altos ejecutivos. Sin contar algunas más abstractas como el incumplimiento de los programas electorales o la sospecha parcialidad de los jueces, junto a otras más concretas y recientes como el maltrato de la policía a los manifestantes o la prohibición de las concentraciones por parte de los Tribunales (¿Dónde estaban cuando dos tránsfugas robaron las elecciones en Madrid en 2003? ¿Y no tienen nada que decir los tribunales ante la presentación de imputados en las listas?). Añadamos, por supuesto, el ejemplo del Sahara, de Túnez, de la Plaza Tahrir de Egipto: esos pueblos se han levantado. ¿A qué estamos esperando nosotros?

El pueblo reunido en Sol no busca una transformación inmediata, vía electoral, de nuestro sistema político. Un movimiento de estas características nace porque ya ha descontado las posibilidades electorales de cambio. Basta mirar las reivindicaciones de Democracia Real Ya, construidas durante estos días por una multitud anónima, para entender que la discusión apunta al futuro y al corazón del sistema. De no ser así, el mismo lunes 23 regresaría la melancolía. Pese a su nerviosismo sobrevenido y su recuerdo del 13-M (curioso: no se acuerdan de las víctimas del 11-M), el PP no va a ver frenado el domingo su paseo cómodo hacia la Moncloa. Sería un error pensar que lo que está ocurriendo va a cambiar radicalmente, de la noche a la mañana, la comodidad de nuestras democracias. Pero el punto de inflexión ha tenido lugar. Nadie va a poder gobernar como si nada hubiera ocurrido. Hace dos años dijeron que se iba a humanizar el capitalismo, y cuando la gente salió de la calle, a quien refundaron fue a la ciudadanía europea que sufrió en sus carnes los planes de ajuste del FMI. Si te engañan dos veces es culpa tuya. No deja de ser una metáfora terrible que mientras el director gerente del FMI intentaba violar a una camarera, el pueblo de Madrid salió a la calle a decir basta.

La concentración de Democracia Real Ya se ha dado una organización asamblearia, y es en asamblea en donde se votan las propuestas que van configurando su propuesta. Propuestas que apuntan todas a un incremento de la democracia y a un mayor deseo de participación popular, así como a una reclamación radical de igualdad, rota por la grosera avaricia que está permitiendo la salida financiera a la crisis. Acabar con los privilegios de los políticos (varios trabajos, varios sueldos, ausencia de incompatibilidades, sueldos vitalicios, jubilaciones privilegiadas), poner fin a los paraísos fiscales y a los rescates bancarios, así como a las primas a los banqueros, cambios en la ley electoral que terminen con la desproporcionalidad y el bipartidismo, democratización de los medios de comunicación.  Se están recuperando las propuestas que abandonaron los sindicatos de reparto del trabajo y que no se alarguen las jubilaciones para que ni los viejos trabajen tanto ni los jóvenes se queden sin trabajo. Sin préstamos hipotecarios posibles, reclaman un mercado público de alquileres que permitan salir de la casa de los padres, de la misma manera que se cambie la ley que permite a los bancos, cuando no se pueden cubrir las hipotecas, quedarse con el piso y, además, seguir cobrando el préstamo (algo que, también apuntan, solventaría una banca pública). Entre las propuestas también están las ayudas a los parados de larga duración, y la necesidad de que los que más tienen paguen más, porque si los ricos siguen pagando impuestos, no es posible que existan políticas públicas redistributivas. Nada de esto sería posible en ausencia de información veraz, libre y plural (donde los propios periodistas son víctimas de sus jefes, los empresarios de medios de comunicación) y, de manera clara, sin un poder judicial independiente que haga real la división de poderes, hoy una burla en manos de poderes políticos enmarañados con poderes económicos.

El principal resultado de la Comuna madrileña ha sido la quiebra del objetivo primordial de unas elecciones: la autorización al poder político para gobernar legítimamente. Esa placidez de las democracias satisfechas se ha roto bajo los toldos improvisados de la Puerta del Sol. Después del 15-M, como aprendieron en Ecuador, Argentina o Islandia, ganar unas elecciones no va a significar sin más estar autorizado para seguir haciendo lo mismo. Así se va haciendo virtuosa la democracia.

La Comuna de París de 1871 recuperó un elemento democrático central endemoniado por la democracia representativa: la revocación de mandatos, enemigo del liberal “vota y no te metas en política”. Es el mensaje que la Puerta del Sol está recuperando: si el sistema sigue siendo antinosotros, señor Presidente, señora Diputada, señora Jueza, señor banquero o señora policía, toca, por supervivencia, pensar en otro sistema. Claro que la comparación es excesiva. Estamos en el siglo XXI. Pero hay elementos de democracia real que nos llevan directamente a aquello que llevó a los comuneros a las barricadas. Lo mismo que llevó a los republicanos españoles a defender en las trincheras los valores de una República que le paró tres años los pies al fascismo. Madrid resistió y luego fue arrasada.

Bajo los toldos que nos resguardaban de la lluvia en la Puerta del Sol, un viejo con un largo abrigo y una usada armónica empezó a tocar la Marsellesa. La luna llena hacía reflejos antiguos. Poco a poco, la gente empezó a escucharle atentamente. Cuando cesaron los aplausos se acercó pausado a la esquina donde, desde el suelo, unas jóvenes le habían escuchado con la sonrisa en la cara. Preparó la armónica golpeándola suavemente contra la palma de la mano, carraspeó y, en medio de un gran silencio, preguntó: “A ver si conocéis ésta. Es como la Marsellesa pero de aquí”. Y empezó a tocar el Himno de Riego.

Juan Carlos Monedero – Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Complutense de Madrid

Edición N° 00255 – Semana del 20 al 26 de Mayo de 2011

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