Ha concluido en la ciudad de Montevideo la XLII Cumbre de Jefes de Estado del Mercosur que tuvo, entre varios temas importantes -y el impacto de la triste noticia de la muerte del joven funcionario argentino Iván Heyn-, el llamado de los Presidentes a la adhesión definitiva de Venezuela como socio pleno del bloque, la propuesta de Ecuador para asociarse y la firma de un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Palestina.

Conviene, pues, hacer algunos señalamientos sobre el fondo de estas negociaciones, para comprender el camino y la orientación que se está perfilando.

Históricamente desde el nacimiento del Mercosur en 1991, las objeciones más fuertes de los uruguayos y paraguayos responden a una sensible manifestación de descontento que se origina en las incongruencias entre el discurso y los hechos concretos de los socios principales, Argentina y Brasil. Vaya si habrá motivos para sostener esta postura, y la cuestión es profunda, no se limita a las asimetrías estructurales solamente; hay un esfuerzo de reconstrucción y reconciliación con nuestra historia común, para superar una solidaridad bucólica y dar paso a una identidad ciudadana compartida.

Como todo en la vida, la cuestión es discernir, y tener la inteligencia de ver la complejidad de la realidad y los signos que se presentan. Primero, hay que decirlo, el Mercosur nos conviene. Y no se trata de proyecciones ni ilusiones, sino que surge de los números actuales que hacen de nuestro comercio intra-regional el principal destino de los productos con valor agregado, con las importantes consecuencias que ello implica para la estructura económica y social de un país. Segundo, estamos en un mundo en donde campea la incertidumbre, un período bisagra, con el pasaje hacia un orden de poder multipolar. Las implicancias aún son indescifrables, por el efecto de la mundialización económica e informática, las olas migratorias y el ascenso de culturas milenarias como los persas y los chinos que supone contrastes para nuestros modos, valores y costumbres occidentales. La historia es historia de la globalización; es ciencia, cultura, política y valores puestos en movimiento, y en permanente cotejo con “el otro”. Por ero es principalmente historia del ser humano. Con (entre otros) Enrique el Navegante, Colón y Elcano se desemboca en una geopolítica de estados-nación en Westfalia. Con James Watt, Albert Einstein y Norbert Wiener se desemboca en una geopolítica de estados-continente. Tengamos la capacidad de saber plantear la discusión en las micro-urgencias y las macro-exigencias, las unas con las otras.

Venezuela nos importa porque contribuye a la estrategia de superación de asimetrías en el Mercosur. Lo reconoció el Presidente José Mujica cuando declaró que “la entrada al Mercosur de Venezuela ayudaría a mejorar las asimetrías notorias que existen dentro del Mercosur, porque dos países grandes, uno casi una potencia como Brasil, el otro muy importante como la República Argentina, están acompañados por dos países pequeños no en cuanto a recursos sino a masas” por lo que el ingreso de Venezuela al bloque “le da un aspecto mucho más complementario”. Además, como ha señalado el Presidente Hugo Chávez, el ingreso venezolano lograría “abrir el Mercosur al (océano) Pacífico (…) Somos miembros de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), tenemos reservas de gas y energía, tenemos cosas que aportar. Tenemos que apurar esta marcha, acicateados por la crisis mundial que nos amenaza” [Agencia IPS]. Algo similar podría considerarse respecto a Ecuador. La cuestión es, en definitiva, reconocer que una estrategia inteligente pasa por entender la asimetría desde una perspectiva dinámica, ser creativos, y no esperar altruismo de vecinos o extranjeros. Tener una visión componedora, de eso se trata.

Con sentido de la oportunidad, el diario El País publicó en su editorial del domingo una columna del cubano-norteamericano Carlos Alberto Montaner, titulado “Guerra Fría”. En ella se despacha en burdos insultos contra el presidente venezolano Hugo Chávez, al que acusa de lazos con grupos terroristas islámicos, de una alianza junto a Irán en contra de EEUU e Israel, y todas las demás simplificaciones que suelen atribuirse a los que están en el “eje del mal”. No es una maniobra original, nuestra historia está plagada de ejemplos semejantes. Someterse a dichas prerrogativas redunda en una miserable visión del mundo en blanco y negro, de intrigas, conspirativa, de lucha darwiniana y anti-nacional (por lo tanto anti-cultural y anti-histórica). No debe haber mayor desdicha que la de este hombre, vivir rodeado de fantasmas, en agónico y progresivo envejecimiento (del espíritu, por eso también, de envilecimiento). Algunos mueren una vez en la vida, otros, todos los días.

Vayamos al otro punto, el TLC con Palestina. Se lo entiende como parece lógico como un gesto político más que de relevancia comercial. ¿Qué implica? La situación en el Medio Oriente y la región euroasiática tiene varias dimensiones que escaparían al análisis de este artículo. Mencionemos algunas sustanciales. Una de ellas es la situación de progresivo aislamiento que acusa, con evidencia, Israel en su región. A la ya conocida relación hostil que mantienen recíprocamente con el gobierno iraní, se suman el distanciamiento de Turquía (incidente de la flotilla de Gaza; propuesta turca de una alianza militar del Mar Negro con Rusia y Ucrania en 2010), de Egipto (derrocamiento de Mubarak generó tensión con Israel, con el reciente antecedente del ataque a la embajada israelí en el Cairo), el apoyo que logró Palestina de parte de la Unión Africana, la OCI (Organización de la Conferencia Islámica) y el Movimiento de los No-Alineados para su reconocimiento como miembro de la ONU, y finalmente los giros extremistas que podrían dar Libia y Siria, entre otros. En este complicado marco, Israel redobla sus exigencias de cooperación a EEUU y Europa, dando señales de que no permitirá ser asfixiada sin comprometer seriamente a sus aliados en una eventual guerra con Irán. Por otro lado, el avance de los colonos israelíes ha prolongado los enfrentamientos y han nacido voces disidentes como la del pensador judeo-palestino Uri Davis.

Lejos de procurar una explicación simplista en un drama complejo, los sudamericanos reafirmamos nuestro compromiso y apoyo al diálogo y la solución pacífica de las controversias, como lo demostró en su momento el presidente brasileño Lula Da Silva en su llamado a relanzar las conversaciones de paz entre palestinos e israelíes en 2010. Mucho tiempo antes, el reconocido diplomático Oswaldo Aranha [Canciller de Getulio Vargas que -vale la acotación- con su par argentino Ruíz Guiñazú celebraron, en 1941, un tratado brasilero-argentino manifestando “el propósito de conseguir establecer en forma progresiva un régimen de intercambio libre, que permita llegar a una unión aduanera (…) abierta a la adhesión de los países limítrofes” -ver Getulio Vargas y el brasil moderno de Luis A. Moniz Bandeira] en ocasión de encontrarse presidiendo en 1947 la Asamblea General de Naciones Unidas, abogó por una respuesta política que lograra contemplar tanto a Israel como a Palestina.

Por eso el primer país que firmó un TLC con el Mercosur fue Israel en 2007. Por eso ahora se ha concretado uno similar con Palestina. Estamos haciendo política real sudamericana; no es cuestión de ideologías de izquierda ni derecha, es el nacimiento de una política de estado común de los sudamericanos. Cuando miramos hacia afuera, el panorama es bastante desalentador, y el escenario se muestra muy crítico, para la paz y estabilidad de sus pueblos. A veces pasa desapercibido, como las alarmantes advertencias del presidente ruso Medvédev a la OTAN para que suspenda el programa de defensa misilístico en Europa (en un video que puede verse en Youtube), o la división de Sudán por los recursos naturales. Hoy el Mercosur, más que nunca, debe ser nuestro camino verdadero de crecimiento económico y desarrollo tecnológico-industrial, para salir progresivamente del círculo de dependencia que nos ha ligado a Gran Bretaña, Estados Unidos y nos liga hoy a China. Pero sin política exterior común, dicho sea de paso una de las carencias primordiales de la unidad europea, no será posible sostenerlo. Así, se hace también indispensable, en el seno de Unasur, entender las múltiples implicancias y lo decisivo de generar una política complementaria con Mercosur [ver Los Desafíos Geopolíticos del Consejo Suramericano de Defensa, Miguel Ángel Barrios, 2011]. El Mercosur es fundamental, porque le da cuerpo sanguíneo a la Unasur y la Celac.

Ya lo anticipó el mentor de Bolívar, el gran pensador venezolano Simón Rodríguez, cuando nos señaló: “O inventamos o erramos”. Es el tiempo de la cultura y la política en Nuestra América.

Marcos Methol Sastre es editor del sitio metholferre.com, Uruguay

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