Estoy acostumbrado a navegar contra la corriente, las verdades oficiales y los dogmas. Más aún, a perder. Estoy acostumbrado a las amenazas y desde cuando regresé al país no he vuelto —ni volveré— a preocuparme por el asunto.

Aceptarlas es encerrarse en una cárcel estrecha y sin luz, aunque lo hace a uno sentirse una persona muy importante. Me han señalado como simpatizante de las guerrillas algunos, colaborador de los terroristas otros. Asesino, rata, basuquero, marica. La verdad, me rueda. Sé de dónde salen todos esos adjetivos y quién los escribe cuando ponen tildes. Con mi posición sobre las corridas de toros me tratan ahora de paramilitar, motosierrista y masacrador. También me corren sin tocarme estos términos. El ambiente se ha ido cargando y polarizando. No pasa día en que no aparezca una columna a favor o en contra y cien reacciones, la mayoría de éstas sangrientas.

Más allá de la polémica, el tema saca a flote un ingrediente esencial de nuestra cultura: la intolerancia, la polarización, el maniqueísmo. Para la mayoría de nosotros —y no me excluyo, aunque lo vea—, el mundo se divide entre buenos y malos, creyentes y paganos. Creo que esa mirada es uno de los contenidos ideológicos más fuertes de la violencia en el país. Tiene una larga historia que se puede remontar al enfrentamiento entre moros y cristianos, protestantes y católicos, patriotas y godos, liberales y conservadores, progresistas y reaccionarios. Todo montado sobre el mismo eje: blanco o negro, bonito o feo, aquí o allá. Una vez aceptado el juego, no hay mucha distancia para llegar a la conclusión de que el otro es mi enemigo y por tanto, en sana lógica, debe desaparecer, ser eliminado. Por lo menos en la fantasía. Ojo por ojo. El último capítulo que hemos vivido en la vida política es el que Uribe Vélez alimentó: patriotas y terroristas. Todo parece indicar que la sentencia del Tribunal de Bogotá y la reacción del Gobierno van también a dividir a la opinión pública entre partidarios de los jueces y de los militares. Para mí, tengo que el presidente Santos anda tan sitiado y maniatado como estuvo Belisario Betancur el 6 y el 7 de diciembre del 85.

En la polémica sobre los toros ha ido sacando la cabeza una dicotomía que parecía enterrada: civilización versus barbarie. Hoy el mundo marcha hacia la civilización, dejó atrás la barbarie. Una ilusión que ha costado mucha sangre. África era bárbara para ingleses y franceses; Irán lo es ahora para los gringos, como lo fueron México y Japón. Para los alemanes de los años 20, España era una nación bárbara porque había toros. Y decidieron civilizarla bombardeando a Guernica.

La labor civilizadora tiene un método atroz: la conquista y el arrasamiento. La supresión de los contrarios. Para los civilizadores —fieles guerreros del progreso—, el futuro es de luz, de riqueza, de satisfacción, de consumo. La muerte, el fin de la vida, no existe. No puede existir. No vengan a amargarnos la fiesta, dirían sus publicistas. Mucho menos —agregarían—, a recordarnos cuál ha sido la palanca de la civilización y del progreso. En el nuevo paraíso no existe ese pecado. Somos impolutos. Ahora todo está en orden: la silla eléctrica, la cámara de gas, la inyección letal. La muerte en este mundo de mermelada, como lo llamó Estanislao Zuleta, está proscrita, debe esconderse, velarse. Taparse con una sábana blanca como a los cadáveres. Tampoco hay guerras, ni asesinatos, ni nada que perturbe la mirada del mundo feliz. La muerte se ve en el cine y en la televisión, pero ahí es de cartón. A nadie matan. La muerte se escamotea porque perturba, interroga, incomoda. Creo que por esta razón secreta quieren prohibir los espectáculos de muerte y por esa razón también a quienes defendemos las corridas de toros, los gallos, el coleo, nos quieren llevar a la hoguera. Por ahora nos han colgado el sambenito.

Nota. Excepción hecha de las motos, el Día sin Carro refleja el país tal cual es: la alta burocracia y la élite social tienen licencia de salir a la calle con escoltas como si nada; la clase media toma taxi y el pueblo anda igual que siempre, en bus. O a pie.

 

Por: Alfredo Molano Bravo

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